Me vine a escuchar el mar desde más adentro, desde lo profundo, desde su fondo.
Me descubrí bañada en olas que se repartían por todo el cuerpo y con remolinos hacían agujeros negros.
Salí a la superficie ya con medio ahogo encima y no sabía si lloraba porque las lágrimas también son saladas.
Sentada en la arena podía mirar cómo las olas decrecían hacia la orilla y rompían chiquititas, pero dolían igual en los pies descalzos que soportaban el golpe frío de un mar que nada le importaba.
Caminé hacia atrás y vi como seguía ahí un tiempo pasado muy pronto, me lo decían las huellas y se esfumaban porque el mar no quería que nadie pisara sus tierras.
Entonces salté cada vez que se aproximaba, pero de igual forma me encontraba y no lo dudé tanto; corrí, me senté lejos otra vez y lo contemplé.
Entendí, le dije, y por dentro me moría de ganas de volver a sentir el frío en mis pies.
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