martes, 12 de junio de 2018

Valoras el frío una tarde de verano a pleno sol y el calor al levantarte una mañana de -1.
Valoras la soledad en la multitud y a las personas cuando pasaste mucho tiempo solx.
Valoras tu voz si te enfermas y la pierdes,
Valoras el aire cuando el humo lo reemplaza,
Valoras los árboles en un incendio y la lluvia en la sequía.
Valoras tu rutina cuando ya no la tienes,
Valoras tus privilegios cuando te los quitan.
Valoramos las cosas cuando ya no están más, mientras que cuando las tenemos pasan desapercibidas.
Le restamos importancia a lo simple, a lo cotidiano, a lo realmente importante. 
Nos quedamos en la costumbre y miramos sin detalle el día a día, pasamos por alto mucho, sin darnos cuenta que si un día no está, lo vamos a extrañar. Eso pasa cuando el general nos consume, vemos un todo, cuando todo tiene mucho por ver.

Agradecer siempre es bueno. Hasta lo que parece más mínimo debe ser agradecido, muchas veces nos damos cuenta de lo importante que era algo, recién en el momento en que lo dejamos de tener.
Para dónde vas sin destino, dijo un día el caminante sin camino.
Y ahí todo cobró sentido. 
No había nada que entender, nada que reclamar, nada que despejar.
A veces no hay respuesta para todo, ni cordura en muchas preguntas.
Y en el alboroto de la cabeza, se expandían las raíces que se aferraban a nada. 
Sentir la emoción de vivir lo incomprensible y no fallar en el intento. Y fallar en el intento, y volver a vivir.
El tiempo se detiene en instantes perfectos; al acostarse cansada y feliz, al cerrar los ojos y sonreír, al sentir el peso en los párpados y tirar una carcajada al aire.
Entonces, otra cosa entendí; no porque decidas ser feliz significa que no te van a volver a herir.

Y ahí, se sigue componiendo la vida.

Te sentaste a mirar cómo la vida pasa y no pasó.
Te quedaste en la cama un día en que el sol brillaba y no brilló.
Y te preguntaste porqué no sucedió lo que se supone debe suceder.
Ni siquiera lo pensaste y te enojaste con la vida una vez más.
Y te fuiste tropezando con tus propios pies, gritándole al mundo que todo estaba mal, susurrándole al débil lo que no quería escuchar.
Pero al final caíste, porque ya no quedaba camino, y chocaste, porque el muro ya no podía retroceder más, porque tu paso hace tiempo tuvo que parar; no para renovarte, no para comenzar de nuevo, no para partir de cero, sino para calmar tu ansia, para sanar tu alma, para corregir errores, para seguir avanzando a la par del reparo, para rescatar y enmendar.
Te descubriste porque nunca habías mirado hacia adentro, encontraste y entregaste.

Entonces, de pronto, la vida pasó contigo en ella y el sol brilló mientras lo mirabas en vela.

Me vine a escuchar el mar desde más adentro, desde lo profundo, desde su fondo.
Me descubrí bañada en olas que se repartían por todo el cuerpo y con remolinos hacían agujeros negros.
Salí a la superficie ya con medio ahogo encima y no sabía si lloraba porque las lágrimas también son saladas.
Sentada en la arena podía mirar cómo las olas decrecían hacia la orilla y rompían chiquititas, pero dolían igual en los pies descalzos que soportaban el golpe frío de un mar que nada le importaba.
Caminé hacia atrás y vi como seguía ahí un tiempo pasado muy pronto, me lo decían las huellas y se esfumaban porque el mar no quería que nadie pisara sus tierras.
Entonces salté cada vez que se aproximaba, pero de igual forma me encontraba y no lo dudé tanto; corrí, me senté lejos otra vez y lo contemplé.

Entendí, le dije, y por dentro me moría de ganas de volver a sentir el frío en mis pies.