lunes, 26 de junio de 2017

Si me preguntas si cuántas veces caí, no sabría responder, jamás las conté.
Si me preguntas porqué me levanté, la verdad es que no lo sé, puede que sea un don, uno bastante malo, pero que al fin y al cabo me permite seguir.
Si me preguntas si lo pensé, te afirmo que sí, sin titubear. Que lo pensé tantas veces como caí y como me levanté.
Si me preguntas porqué lo pensé, te voy a ser aún más sincera; porque tenía miedo, miedo de no cumplir, miedo de no ser lo que esperaban, miedo de abandonar, miedos que se intensificaban cuando aún no tenían apellido. Además de miedo, tenía preguntas sin respuesta, mal formuladas y totalmente estereotipadas. Tenía dolor sin haber sufrido un golpe, dolor de ese de adentro, que viene solo, sin que lo llamen. Quería que ese dolor tuviese una razón. Necesitaba una justificación para ese dolor, porque mi cabeza sumamente cuadrada no me permitía sentir el dolor sin saber de donde provenía. "Ojos que no ven, corazón que no siente" pues, mis ojos no veían, pero se acrecentaba el sentir del corazón, al ocultarle a la vista el motivo.
Y no sólo divagó por mi mente como cualquier otro pensamiento, sino que me lo afirmé, me convencí de ello, pero no me atreví.
De la cobardía de la mente, surgió la del acto.
Finalmente se quedó solo en pensamiento, por más que me asegurara a mi misma que el dolor tenía que venir de algún lado, con el paso del tiempo, de los años más bien, me rendí, no le encontré proveniencia, aparecía de vez en cuando y yo me lo imaginaba como una neurona chocando -para por último sentir que en la cabeza había algo de dolor-, explotando con otra y creando ese dolor infinito, pero raudo, que no tiene lógica, que aparece en el momento menos indicado, que me deja sin palabras.
Entonces, pregúntame de nuevo si lo pensé y porqué; mi respuesta va a ser la misma, es una respuesta que me inventé al no encontrarle una certera. Lo pensé tantas veces como caí y como me levanté, lo pensé por miedo, lo pensé por las preguntas incógnitas, por el dolor sin apariencia.
Nací de la cobardía y me alimenté de la invisibilidad que ronda aquí arriba, hasta que un día...
Así termina, cuando llegue ese día, serán invitados a celebrar el fin de una historia amarga.

jueves, 15 de junio de 2017

Edad

Cuando veo que hay gente que ha cumplido sus sueños a los 25, 30, 50 años, me doy cuenta que no tengo porqué rendirme. A veces una cree que está "vieja" para lograr algo y eso es sólo por el patrón social, 22 años no es ni la mitad de la esperanza de vida en cualquier país.
Ese patrón que dice: jardín, colegio, universidad, casarse, hijos, nietos, muerte. ¿Y la vida? ¿dónde?
22 años, a punto de los 23 y de empezar a trabajar. No sé si he vivido entre tanto estudio y estrés. (18 años estudiando, SÓLO 4 años "libres", 4 años de sólo jugar y eso que fui al jardín desde sala cuna, así que no sé si son tan "libres", prácticamente toda la vida institucionalizada).
¿Se puede ser adulto a esta edad?
No sé si tengo complejo de Peter Pan, quizás soy inmadura aún, pero cuando era chica, pensaba que cuando saliera de la u iba a ser adulta y resulta que no es ni parecido a lo que imaginaba, ni a lo que me contaban.
Mi mente estaba absorta completamente por la sociedad que dice que a esta edad hay que ser adulto y tener responsabilidades importantes.
¿23 años son suficientes para empezar a tener una vida estable social y económica? ¿Para pararte en el mismo lugar de alguien de 40?
Al salir de la u siento como que ya no fuera posible equivocarse (bueno, dentro de ella tampoco), ni tantear terrenos nuevos, es como si hubiese que seguir la corriente del río.
Lo digo aquí y me preocupa, porque que a los 18 te hagan elegir "lo que vas a hacer por el resto de tu vida" siendo que muchos aún ni siquiera saben quiénes son. Que te digan que la PSU no define tu vida, pero te preparan para ella como si nada más existiera... es un cuchillo de doble filo impresionante.
Y ahora que (volviendo a mi experiencia) voy a cumplir recién 23 años, me doy cuenta que sigo siendo joven y al mismo que termino la universidad me lleno de preguntas porque siento que estoy empezando recién a conocerme, a establecer mis ideales claramente, a saber si soy o no soy lo que pensaba, y sé que aún nada es permanente, aún puedo cambiar (y probablemente durante mucho tiempo más).
Hace poco le tomo el peso verdadero a muchos temas realmente importantes, por eso me pregunto si tal vez soy sólo yo, si desperté tarde, si me cegué por seguir un ritmo constante, no parar y no defraudar a nadie, si debería haber sido más estricta conmigo o si hay más gente a la que le pasa, si hay más cabezas de veintipico años preguntándose lo mismo.
Por eso me preocupa que a los 18 haya que decidir y endeudarse millones, que a los 23 haya que tener experiencia laboral (con la que nadie parte, pero que todo empleador pide). Me preocupa que a esta edad haya que tener que pensar como alguien de 40, teniendo 20 años menos, tanto en edad cronológica como en práctica. Me pregunto si es correcto que todo tenga que ser tan rápido y por qué se ha establecido así.
¿Ven como siguien surgiendo preguntas? Preguntas que antes no me hacía porque te enseñan desde chico que es así y punto.
Algunos puntos que me surgen con convicción:
Pto. 1: creo que salir del colegio no debería ser sinónimo de entrar a la universidad.
Pto. 2: creo que entrar a la universidad no debería ser una obligación (que aunque no se diga explícitamente, todos sabemos que en esta sociedad es así).
Pto. 3: creo que la edad cronológica no debería ser una cláusula de ordenamiento social en algunas situaciones.
Pto. 4: para los 23 años (edad de término "normal" de una carrera) no creo que sea mucha la gente que se sienta realmente adulta.
Preguntas: ¿Por qué todos siguen estudiando? ¿Por qué buscan especializaciones y al final terminan haciendo algo nada que ver? ¿Por qué cada vez más jóvenes se toman un año al salir del colegio? Esta última la puedo responder mirando dentro de la misma pregunta: porque son JÓVENES.
Porque yo con 23 años sigo siendo joven a pesar que la sociedad (al menos en Chile) me intente internar en el sistema adulto. Hoy puedo ser una joven responsable, no así una adulto responsable, pero el salto de una categoría a otra es abismante. Si a mi me dicen: ponle una edad a cada término, sin analizar nada, al primero le pongo entre 15 y 17 y al segundo más de 30.
Yo con 23 años aún sigo descubriendo el mundo (cosa que NUNCA se deja de hacer, pero que hoy conozco mucho menos que en varios años más).
Yo con 23 años (aún tengo 22, pero la inercia de contar los años desde el nacimiento me hace aumentar la edad automáticamente, me sigo mimetizando con la sociedad) no sé si realmente soy capaz de adentrarme en un mundo al que me empujan por el sólo hecho de terminar una carrera a tiempo.
¿Qué son 23 años en comparación a tantas historias? No son ni el tercio de un hogar de ancianos, no son ni la mitad de una vida común.
23 años son un mísero número de vueltas al sol. Cuántas miles de vueltas ya ha dado, tantas que nos dejan en la insignificancia.
Dejo abiertas unas preguntas: ¿es necesario vivir tan rápido? ¿es realmente normal seguir a la manada y al estándar? ¿por qué no nos dan el tiempo de conocernos bien?.

Pd: consejo modesto: amen sus cumpleaños porque es una celebración, una fiesta, una vida, no por el número, no le den más importancia a cumplir 15 o 18 que 19 o 23, porque el número de la edad no decide, ni te obliga a pensar cómo se cree que se debe hacer. No te intereses por lo que a las personas de tu edad les interesa si a ti no te gusta. No reprimas tus propios gustos por calificarse de infantiles o adultos. No te prohíbas relaciones con personas por la diferencia de edad. La edad es sólo un número que te dice hace cuántos años naciste, así, superficialmente y nada más.


lunes, 12 de junio de 2017

Cuando hacemos lo que amamos

¿Cuándo nos damos cuenta que estamos haciendo algo que amamos?
¿Cuando te saca una sonrisa de sólo pensarlo o cuando te ahogas en un vaso de agua porque no te sale perfecto?
¿Cuando se vuelve fácil y de corrido o cuándo tropiezas mil veces hasta que lo logras?
Cuando hacemos algo que amamos no siempre sale todo bien, los altos y bajos de los montes se ven desde lejos, pero no nos detenemos a hacernos la cabeza y encerrarnos en la negativa terca y severa.
Cuando hacemos algo que amamos nos lanzamos al vacío, no vemos el fondo y no nos importa. Volamos y volamos sin saber a donde llegaremos y esa es nuestra preocupación más pequeña dentro de todo.
Cuando hacemos algo que amamos no nos detienen ni mil tormentas, ni sus truenos, ni sus relámpagos porque sabemos que en algún momento el sol saldrá.
Cuando hacemos algo que amamos nos sumergimos en la imaginación y la fantasía de irrealidades que pronto concretaremos, más que en nuestras mentes, en nuestros actos.
Cuando hacemos algo que amamos, al final del día nos sentimos satisfechos, nos sentimos libres y con ganas de hacer más de eso que amamos.
Cuando hacemos algo que amamos, no nos amarramos a la silla, soltamos las ataduras y las raíces que nos mantienen aquí para seguir hacia donde queremos ir.
Cuando hacemos algo que amamos, nada nos detiene, los espejismos se vuelven sustanciales, los sueños se delimitan sin dejar de enriquecerse.
Cuando hacemos algo que amamos, no tenemos miedo de fracasar, porque no existe el fracaso en el amor profundo que sentimos por eso, porque no hay fronteras, ni barreras, ni un espacio definido para hacer crecer eso que tanto amamos hacer.

sábado, 10 de junio de 2017

El miedo al fracaso

Nos refugiamos en el karma, en el destino, en Dios, por miedo a fracasar como buenas personas, porque "todo vuelve" decimos si nos hacen mal, pero no creemos que podemos ser nosotros los que invertimos eso con nuestro bien.
Nos entretenemos mirando de lejos como todos saltan el acantilado, por miedo a fracasar en ese salto único y sin vuelta, porque mejor que otro lo haga, si está más cerca del río, pero no nos damos cuenta que nosotros también lo estamos desde otra perspectiva.
Nos sentamos entre cuatro paredes mientras el de allá vive en la selva, se roza con panteras y alimenta el ocio de tu vista, por miedo al fracaso de sobrevivir a sus garras, porque es más cómodo y seguro mirar desde lejos sin arriesgarse.
Nos largamos horas y horas dando cátedras, pero no nos metemos en problemas como el que lucha a mano limpia, por miedo al fracaso de esa guerra que tanto proclamamos, porque mejor que la bala le llegue a él, mientras yo te miro y hablo desde la otra esquina.
O por el contrario nos quedamos en silencio, que nadie nos vea, por miedo a fracasar en el caso que nos sorprendan, porque es mejor esconderse y que ese grite por mi.
Nos pintamos de religiosos, políticos, empresarios, mentes ricas en sabiduría, según la ocasión lo amerite, por miedo a fracasar en una primera pregunta, porque tenemos que saber todo de todo, porque no hay forma de que quedes como un ignorante, porque no puedes darte el lujo de no saber qué decir en esta sociedad llena de genios aún no descubiertos.
Le tenemos miedo a surgir, a arriesgar, a ser nosotros mismos. Le tenemos miedo a la gente, a sus represalias, a sus otros gustos. Nos asusta no tener un ingreso económico seguro y estable. Nos reprimen aquellos que fingen. Nos sentimos mejor o al menos más tranquilos si dejamos que la vida pase, pero no por nosotros, sino por al lado y la miramos sin decir nada.
Nos da miedo el fracaso, nos da miedo fracasar, nos da miedo ser fracasados, nos da miedo que nos crean fracasados, nos da miedo el miedo al fracaso.

lunes, 5 de junio de 2017

No necesitas saber mi nombre para conocerme, ni mi cara, ni mi cuerpo. 
Nada de eso refleja quien soy.
Quizás podrías comenzar por preguntarme mis gustos, mis preferencias, disgustos y trivialidades.
Puedes preguntarme cosas absurdas porque me gusta darles un giro y hacerlas interesantes. 
Puedes dejarme escucharte, preguntar lo que opino de ti, si concuerdo con tus pensamientos o si puedo darte un buen consejo.
Luego, (o antes) podemos hablar de cosas existenciales, de la vida, de las personas, de que pasa por sus mentes y por las nuestras, del universo.
Podemos conversar de temas contingentes -previamente investigados, porque no quiero escuchar incoherencias o un "idem"-.
Me gustaría que me des tus puntos de vista.
Qué te parece si nos tomamos un café, nos reímos un poco, nos acordamos del pasado, nos contamos el presente, soñamos el futuro y nos conocemos de verdad.

jueves, 1 de junio de 2017

01 Junio 2017

Hay días que me descubro más. Pienso en cosas que hace mucho no pensaba. 
Me miro por dentro, me veo unos cuantos años atrás, cuando tenía más personas, pero menos verdaderas. Me vuelvo a reencontrar con esa yo de 15 -17 que se la pasaba imaginando cosas imposibles, sin sentido o superficiales. Cuando me faltaba ese alguien cable a tierra que me mostrara cómo es el mundo en realidad.
Hoy me siento a pensar en silencio y de pronto aparecen algunas perosnas de mi pasasdo que me hicieron tanto bien y ahora lo vuelven a hacer.
También pienso en las nuevas personas que llegaron y me ayudaron a resolver los crucigramas de mi mente enredada.
No sé quienes son los buenos y los malos, pero sí sé cómo han influido en mis decisiones y forma de ver la vida.
Gracias a aquiellos que me aconsejaron y a los que me dejaron vivir, a los que me cuidaron y a los que lo hacen hoy, a los que me escuchan, a los que solamente miraron.
La vida no deja de pasar, no se detiene por una sola alma pensante.
El mundo cambia, mis pensamientos cambian, la música que escucho cambia y las personas que me rodean también, pero siempre está el que nunca cambió su esencia, el que se queda manteniendo sus mejores convicciones, el que demuestra que todo puede mejorar.
No hay manera de que olvide muchas cosas, pero sí de transformarlas para que el hoy sea mejor que el ayer.
En el silencio y la melodía encuentro la calma, una que me mantiene para seguir el rumbo de lo que venga. Y a ti que nunca te fuiste, que estuviste en el más recóndito de mis pensamientos, gracias por estar de nuevo aquí.