domingo, 10 de febrero de 2013

La luna

Nosotras eramos pequeñas. El cielo en el papel ya parecía infinito. No creíamos posible llegar a la luna, estando en una esquina, su forma de plátano se nos hacía algo inestable. Al balancearse teníamos dos opciones. O caer sentadas en medio y no poder movernos jamás, o llegar a cada extremo y mantener el equilibrio hasta la muerte. Preferimos quedarnos mirando desde abajo. Nadie pensaba (al decir nadie, me refiero a ella y yo) que un día tendríamos que dibujarnos con la cabeza junto a la luna y que la forma de ésta cambiaría todos los santos días del año. Era ilógico para mi ver crecer a la luna. Ella se mantenía estática; yo la veía estática. Y nosotras nos poníamos larguiruchas, no tanto, pero sí un poco. El papel estaba añejo, se deshacía con mirarlo y la luna perdió el color. Hoy no es la misma luna, ni el mismo cielo infinito. Ella sobrepasó un par de cabezas a la luna. Ella huele el papel y vuelve a mirar ese plátano y el cielo infinito. Yo la miro a ella y juntas volvemos a pensar que era imposible un día llegar a la luna.