Está lloviendo. ¿Qué se hace cuando llueve? ¿Se sale igual que cuando hay sol o hay que esconderse debajo de las sábanas? Cuando llueve ¿hay que mojarse y disfrutar de las gotas que después te dejan pegajosa o hay que sentarse con un té a mirar por la ventana sin que te toquen? ¿Hay que salir corriendo a ponerse bajo la lluvia y tomarse el agua que cae para que te quite la sed y cerrar los ojos para que no entre por ellos como lágrimas al revés? ¿Qué se hace cuando llueve? ¿Ponerse a cocinar masas y a mirar la tele para dejar de escuchar el ruido de los chaparrones sobre los techos o mejor en silencio sentarse a cambiarle la cara a esos ruidos e imaginarse tantas otras cosas?
Cuando llueve se puede hacer de todo, en la lluvia está agua que riega los ánimos.
Vas por la calle y pisas un charco, enemigo mortal de los peatones, lindo regalo que dejaron las nubes oscuras, gran arma letal de los autos, es lluvia, en otro sentido, pero lluvia.
Dicen que la lluvia limpia malas energías y se las lleva en el viento, renueva y hace florecer.
Deberíamos todos darnos cuenta cuando llueve en uno y cuando llueve en el otro, si la lluvia no mata, sólo moja un poco.
Está lloviendo y no cierro la ventana, porque no le tengo miedo al agua, ni a sus fieles acompañantes: el frío, el viento, la oscuridad, el miedo.
Está lloviendo y como caen las gotas caen las palabras y mojan todo y dejan gran desastre. Pero sin la lluvia no se vive y sin las palabras tampoco.
Veo como se mueven los árboles, no sé si por el viento o por las gotas que se ven pequeñitas y miserables, pero que juntas pueden derribar mounstros de 3 metros, igual que las palabras.
Esa lluvia que choca con los techos me canta canciones de pura melodía, cada choque es un sonido distinto y cada sonido se junta con otro y así suenan los tambores de tormenta. Suenan fuerte con alevosía hasta que el cielo se cansa y empiezan a susurrar gotas, despacito, pequeñitas, pero no falta que venga otra nube camuflada entre tanto gris para formar una nueva canción estridente.
Y si el cielo se agota, ¿cómo uno no? Y se vuelve a dormir en paz, porque todo acaba como tiene que acabar y si no hay cansancio que se disfrute, que la lluvia trae tanto y se lleva más, que las almas pueden renovarse en el hastío y en la inundación de las aguas que dicen venir de la lluvia.
Cuando llueve se puede hacer de todo, en la lluvia está agua que riega los ánimos.
Vas por la calle y pisas un charco, enemigo mortal de los peatones, lindo regalo que dejaron las nubes oscuras, gran arma letal de los autos, es lluvia, en otro sentido, pero lluvia.
Dicen que la lluvia limpia malas energías y se las lleva en el viento, renueva y hace florecer.
Deberíamos todos darnos cuenta cuando llueve en uno y cuando llueve en el otro, si la lluvia no mata, sólo moja un poco.
Está lloviendo y no cierro la ventana, porque no le tengo miedo al agua, ni a sus fieles acompañantes: el frío, el viento, la oscuridad, el miedo.
Está lloviendo y como caen las gotas caen las palabras y mojan todo y dejan gran desastre. Pero sin la lluvia no se vive y sin las palabras tampoco.
Veo como se mueven los árboles, no sé si por el viento o por las gotas que se ven pequeñitas y miserables, pero que juntas pueden derribar mounstros de 3 metros, igual que las palabras.
Esa lluvia que choca con los techos me canta canciones de pura melodía, cada choque es un sonido distinto y cada sonido se junta con otro y así suenan los tambores de tormenta. Suenan fuerte con alevosía hasta que el cielo se cansa y empiezan a susurrar gotas, despacito, pequeñitas, pero no falta que venga otra nube camuflada entre tanto gris para formar una nueva canción estridente.
Y si el cielo se agota, ¿cómo uno no? Y se vuelve a dormir en paz, porque todo acaba como tiene que acabar y si no hay cansancio que se disfrute, que la lluvia trae tanto y se lleva más, que las almas pueden renovarse en el hastío y en la inundación de las aguas que dicen venir de la lluvia.
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