domingo, 30 de septiembre de 2018

Yo amo la soledad a ratos, siento que la necesito, que es imprescindible en mi vida, por más que digan que "nada es imprenscindible" yo creo que la soledad, sí, lo es. Las personas no lo son, los objetos no lo son, pero la soledad, que no sé en qué categoría entra, sí, lo es.
A veces, no me doy cuenta que la estoy necesitando hace rato porque paso mucho tiempo queriendo disimular que la quiero un poco. ¡Ah! y me refiero a la real soledad.
La real soledad es esa que aparece cuando te desconectas de las redes sociales, de los telefonos, de los computadores, de las personas, hasta de tu mente. La real soledad es esa en la que sientes el silencio, porque va más allá, ya no lo escuchas, sino que lo sientes.
Es esta soledad en que te sientas a mirar por la ventana sin apuro de volver a la vida social. Escuchas los motores de los autos y los ves, sin mirarlos. El sol baja y entra por la ventana porque se hace de tarde y ni cuenta te has dado que ha pasado el día, ha sido eterno porque has compartido con la soledad.
En esta real soledad, me gusta leer, porque siento que alguien me habla, alguien que no conozco y que realmente no quiero conocer, sólo pasar un rato, alguien que no está, pero que me cuenta cosas y me hace reflexionar un poco. No le hago tanto caso porque sé que es pasajero, pero hay cosas que me quedan y las anoto para recordar que de la soledad rescaté cosas buenas.
La soledad también me inspira, es loco que pareciera que estamos haciendo nada, cuando en realidad nos está dando muchas herramientas para continuar en un rato más con el enredo de la vida. Que va a volver porque es imposible escapar de él por siempre.
La soledad se vive a ratos, no crean que son tiempos muy largos y como no lo son, se disfruta y se estruja al máximo porque no sabes cuándo te vas a dar cuenta que necesitabas un momento con ella otra vez.
A veces, la vida se vuelve más tranquila, más simple, más suave de lo que parece. A veces, se puede respirar con calma y escuchar cuando entra y sale el aire de la nariz, sin temblar, sin apurarnos.
A veces, cuando pasan estos momentos, recuerdo que siempre es bueno parar un poco, cerrar los ojos y sonreír en tranquilidad.
Salir del apuro de la vida, para volver a entrar en ella recargada.

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