Yo no creo que tengas la capacidad de refugiarme. No creo que entiendas mis miedos, tal vez ni siquiera yo los entiendo.
Y a veces, aun que pasen cosas, nada es relevante y la piedra queda atrapada.
Es que no basta con un momento. Nadie me explicó que la vida es un laberinto, del cual hay que intentar salir airoso. Nadie me dijo siquiera que habría tantos acertijos y enredos y falsa soledad.
Puede ser que nadie lo supiera, aún así, exijo que me digan a donde ir. Sé seguir instrucciones, me cuesta inventarlas y hacer mi propio camino.
Muchas veces ideo planes en mi cabeza y ahí se quedan. Es difícil que bajen a la vida, no tienen pies y los míos no concuerdan con mis pensamientos.
Hacia dónde voy si todo mi cuerpo tiene distintas direcciones. Si el corazón va al norte, la mente al sur y ya no recuerdo si mis ojos o mi boca desea ir al oeste.
Qué camino seguir en el desierto o en el mar si no hay huellas que prueben se puede caminar.
Qué camino emprendo para subir la montaña más alta, si los senderos se borran cada vez que alguien llega al final.
Quizás, no hay caminos que seguir, ni huellas que pisar. Quizás de eso se trata. Quizás de quedarse quieto un rato y mirar.
Por qué avanzar a lo incierto, si podemos sentarnos a escuchar el silencio.
Qué más hermoso que mirar las olas romper dónde se les da la gana. A ellas no les importa quién ha pasado por su cuerpo o si nadie la ha visto crecer.
A todas las montañas les da igual si alguien llegó a su cima o si nadie se interesó en subirlas.
Ninguno de los puentes gigantes es consciente de lo que pasa sobre ellos y así yo, como ola, montaña y puente, olvido todo a mi al rededor y camino si quiero o me siento a esperar. A esperar nada si nada tengo que esperar.
Y así todos, aunque deseen caminar. Concuerdo en sentarse a mirar el cielo, sin razón. A conversar de cosas importantes con el aire, que a veces es más confiable que cualquiera.
Nada está perfecto, nada, nunca. Vamos a engañar de una forma tan sutil como caminar seguro y decidido aunque no tengamos camino, ni sendero, ni destino con un fin.
Y a veces, aun que pasen cosas, nada es relevante y la piedra queda atrapada.
Es que no basta con un momento. Nadie me explicó que la vida es un laberinto, del cual hay que intentar salir airoso. Nadie me dijo siquiera que habría tantos acertijos y enredos y falsa soledad.
Puede ser que nadie lo supiera, aún así, exijo que me digan a donde ir. Sé seguir instrucciones, me cuesta inventarlas y hacer mi propio camino.
Muchas veces ideo planes en mi cabeza y ahí se quedan. Es difícil que bajen a la vida, no tienen pies y los míos no concuerdan con mis pensamientos.
Hacia dónde voy si todo mi cuerpo tiene distintas direcciones. Si el corazón va al norte, la mente al sur y ya no recuerdo si mis ojos o mi boca desea ir al oeste.
Qué camino seguir en el desierto o en el mar si no hay huellas que prueben se puede caminar.
Qué camino emprendo para subir la montaña más alta, si los senderos se borran cada vez que alguien llega al final.
Quizás, no hay caminos que seguir, ni huellas que pisar. Quizás de eso se trata. Quizás de quedarse quieto un rato y mirar.
Por qué avanzar a lo incierto, si podemos sentarnos a escuchar el silencio.
Qué más hermoso que mirar las olas romper dónde se les da la gana. A ellas no les importa quién ha pasado por su cuerpo o si nadie la ha visto crecer.
A todas las montañas les da igual si alguien llegó a su cima o si nadie se interesó en subirlas.
Ninguno de los puentes gigantes es consciente de lo que pasa sobre ellos y así yo, como ola, montaña y puente, olvido todo a mi al rededor y camino si quiero o me siento a esperar. A esperar nada si nada tengo que esperar.
Y así todos, aunque deseen caminar. Concuerdo en sentarse a mirar el cielo, sin razón. A conversar de cosas importantes con el aire, que a veces es más confiable que cualquiera.
Nada está perfecto, nada, nunca. Vamos a engañar de una forma tan sutil como caminar seguro y decidido aunque no tengamos camino, ni sendero, ni destino con un fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario