domingo, 20 de septiembre de 2009

Rompe la sinfonía

Que de él fue el primer beso y el de ella el mil quiniento...

Que injusta es la vida para algunos... ¡Qué va! ¿para algunos? para TODOS. Entre TODOS... él.
Tan pequeño, tan frágil ante tan enorme mundo, lleno de experiencias por descubrir, ocultándose entre la rabia; sin embargo agradable. Era un ser desprotegido, con pensamientos distintos, con seguridad en si mismo, o eso era lo que él daba a entender...
Un día, un día loco de aquellos, donde el calor era abundante, igual que las salidas con amigos... ese fue el día en que decidió enamorarse... ¿decidió? está bien, el día en que simplemente se enamoró.
Para él su sonrisa era la más bella, sus ojos los más hermosos, su nariz la más perfecta; aun que siempre tuvo en cuenta el pequeño desliz que habitaba en ella, su pelo el más brillante y su cuerpo, su cuerpo el más despampanante.
El tiempo pasaba y él cada día más cambiaba, era más alegre, era más correcto, ella lo había hecho ser quien era en ese momento.
Salía de casa feliz, regresaba a casa feliz... ¡Por supuesto! iba a ver a su amada.
Me la presentó, un día cualquiera... me preguntó qué tal la encontraba. La muchacha era simpática, era tan despreocupada como él, era tan distinta como él, era tan humana como él.
Pasó un año, un año exacto... en el cual él era feliz, completamente feliz.
Recuerdo que en vacaciones, él compró una croquera, para todos los días dedicarle a ella un poema, para recordar su belleza como el mar, como el cielo, como las piedras, como todo lo que para él, fuera ella.
Ella, ella, ella, jamás existió alguien más que no fuera ella, ella estaba en sus pensamientos, en sus sueños, en sus cuadernos, en su pieza, en todas partes, sólo para él vivía ella.
Otro día, otro cualquiera... dejó de ser tan cualquiera luego de lo sucedido. Para ella ya no existía más él, pero para él; ella existiría toda la vida.
Ese día fue el día en que yo más la odié, no, odiar es malo recuerdo haberme mencionado, pero ¿¡y qué!? él sufre por ella y ella ya vive por otro, entonces sí tenía derecho de odiar. Pero ahora a ella ya no la odio, sólo la detesto por haberlo hecho sufrir a él.

Si no es real esta historia, entonces que me parta un rayo, que el cielo se caiga a pedazos y que yo deje de amarlo a él.

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